sábado, marzo 03, 2012

La lluvia

para Mñisky
y su nostalgia verde lago que me inunda siempre todas las ventanas...
y siempre se lo agradezco.




El diluvio se desató en esta ciudad de desiertos. Y contagió corazones y rostros. Uno a uno. Conforme una gota de esta lluvia impensable los penetraba todos rompían a sollozar. Sin ansias ni necesidad de pretextos. Como cuando se inicia cortando la cebolla y después se continúa con las venas. Nadie se sorprendía de ver llorando a su jefe, a su esposo, a su suegra, al equipo contrario de fútbol que acababa de anotar su triunfo. Era como si fuera lo esperado, lo natural. Todos lloraban a gritos, a sollozos, a quejidos, a silencios. En las calles, el tráfico se paralizó y dentro de los carros, sobre las aceras, hablando por télefono, todos lloraban. Luego, salió el sol de entre las nubes y conforme todos se secaban las lagrimas, volvían de nuevo a secar sus corazones. Volvían otra vez a la cotidiana manera de sufrir, a la usual vida. Y han vivido asi. Esperando secreta, calladamente. Mirando con el rabillo del ojo y las ansias en el pecho, esa nube grande, esa bien negra. Deseando que se le ocurriera al cielo darles en cualquier momento, otro maravilloso pretexto.

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